miércoles, 18 de mayo de 2011

Dos críticas al libro de Francisco Caro "Paisaje (en tercera persona)"

La esencia sentimental de un paisaje

He aquí un apretadísimo y singular racimo melancólico de vivencias próximas o distantes, reales o figuradas –pasado al fin–, que constituye el nudo temático y la veta sentimental fundamental en este libro, con el que el poeta de Piedrabuena, Francisco Caro, se ha alzado como ganador del Premio Nacional de Poesía “José Hierro”, convocado por el Ayuntamiento de San Sebastián de los Reyes.

El poeta, fielmente recogido en las vivencias de una vida consagrada a la observación interior del paisaje que el tiempo le ha invitado a mirar, nos va presentando la sustancia señalera y emotiva de estos lugares que los años se han ido encargando de podar. La leña resultante de la tala cumplida, que el hombre desea gavillar, la lleva bajo el brazo, como un sarmentador de la llanura, la necesita el hombre, la precisa, porque “busca calor”…, porque este hombre, mirador de bosques y leñador circunstancial, consciente de su estado: “Tiene frío y está / despidiendo la vida”.

El hombre fraternal se deja una porción enorme de vida en cada paso, en cada avance por su paisaje habitual. Descubre que, en su andadura sentimental, el vacío y la soledad le acompañan y son “su pensamiento”. Caminante versado en frondosidades y elevaciones luminosas, cargado con el peso de tanto ya perdido, “Camina al borde / de las aguas que pasan” todavía y él contempla, les hace un sitio definitivo en sus ojos, desde los que el hombre vuelve a mirar “a la gente / el hambre de sus pasos”. Y sigue. De su viaje mira a veces una naturaleza impasible, amenazada como él: “marcada por el aspa, por el rojo, / teñido con la agria / tristeza con que tintan / los sicarios”. Anda solo y “la nieve le permite / contar sus pasos”. La caminata es larga y él lo sabe, conoce palmo a palmo la orografía accidentada de una vida: el trayecto del ritmo y la palabra donde él se reconoce.

Sí, el sabe que se busca en el poema, se quiere en el lugar de la palabra abierta, de la mirada abierta del espíritu, la misma que le ha traído a este lugar, donde se queda, donde promueve una resonancia sentimental que actúa como eje revelador del contenido temático del libro: “Éste es el territorio que buscabas…, verso primero del poema “Carretera cortada”. Será este poema, pleno de ideaciones de gran fuerza simbólica, donde el poeta ordenará su archivo sentimental, pondrá en claro las claves que desenlazan esta excursión derramada en lances de humanísima solidaridad. “Carretera cortada” resulta un conmovedor escalofrío de quien sabe que sólo desde allí puede dar las noticias más cierta de su vida, porque no tiene duda de que “este poema es, éste es el poema”… Cierto que el poema a que nos estamos refiriendo, resulta inevitable en este libro, si queremos llegar a ver la esencia de este paisaje deshojado, de esta agridulce resignación, este naufragio sentimental que genera un estado de llamativa aflicción.

Ya en el primer poema de la parte III y última del poemario, el hombre se refugia en esa soledad extraviada del cuarto o estudio donde escribe, donde tantas veces amó la densidad y la exigencia de sus poemas. Lo primero que ve es “Sobre la mesa dos / lapiceros sin alas”. Acaso aquí duele con más intensidad la llaga del destino presente, y el hombre –el poeta– se plantea incluso la mudez: “No desea volver / escribir. / Por lo menos ahora. No desea esconderse”.

En tal manifestación sentimental, se encubre una ponderación melancólica de tinte desolado, un registro de madurez que es necesario ver en el poema “Refugio”. Sobrepasados los instantes duros del planteamiento antedicho, pronto se consagra al goce redentor de la escritura: “Quisiera ser palabras / deslizándome, signos, bajo un puente…”. Se dirá que se ha restablecido la voluntad de ser y estar al resplandor acuciante de la palabra, por si llega. Y en este libro llega siempre como una tentativa redentora e imperecedera, aunque el poeta sabe que los “días / se suceden avaros”, que atacan “Lobos muy cercanos / cada vez más cercanos”.

Así asistimos a todo el recorrido por estos paisajes (mirados y leídos en tercera persona), abordado en tres partes diferenciadas, representativas de este circuito emocional que engendra los crepúsculos propios y el cansancio del atardecer: un circuito que se nos antoja esencial en la obra poética de Francisco Caro, que le pone grandeza lírica a su “nueva calle escrita”, le conduce a la última estación de parada de este formidable libro, desde cuyo andén, “Intuye que debería / bajar los ojos, mirar el mar”.

Francisco Carlo nos ofrece en este libro muestras de su vidente madurez, el canon de una estética vigente, sus plenitudes y sus capacidades creativas, su poderosa verdad, expuesta con indudable maestría para desenvolverse en cualquier presupuesto estilístico. Nos invita a mirar su intemperie interiorizada entre el paisaje entorno y el dolor de la soledad acompañada. Estamos, pues, ante un poeta fundamenta, imprescindible, ante una voz hecha, una vos a tener muy en cuenta en la literatura española del momento.

Manuel Cortijo Rodríguez. Publicado en la revista Calicanto, nº 22.






La aún breve, pero intensa obra de Francisco Caro es la de un poeta donde se crece el hombre: es éste quien mira y siente, el que transmite la impresión y los sentimientos al poeta, seguro de que su sensibilidad capta puro y desbrozado el mensaje. No en vano, simbióticamente, el uno está en el otro de modo inseparable, lo están cultural y sensitivamente. El poeta está en el hombre, y entre ambos surge la tercera persona que suele aparecer en las poéticas de Caro, pero que aquí, Paisaje (en tercera persona), se acentúa desde el título y portada, y de quien el verso toma estabilidad como entraña del libro.

Descriptivo ya en otras ocasiones, esta tercera persona “mira sin rebelión / la nieve /...../ siente bajo las plantas / de sus pies el nudoso / temor de las gramíneas”. Yo diría, ahora cuando individualmente hacemos una defensa de la ecología que ataca el colectivo, que es más ecologista. El hombre se apoya en el poeta y juntos caminan, recorren paisajes entre visionarios y realistas; hacen sendero y retroceden, vuelven a recorrer sus mismas huellas, en busca de la estética más defendida. Lo que importa es el paisaje, el horizonte activo: la palabra y el eco, “cuentan los pasos, guarda / con fe los turnos”.

Plenamente convencido (creemos), de la abstracción de su vocabulario, aún cuando nos apunte que es llevado por el cauce de Darío, “él sospecha que toda /.../ la poesía nace de la tristeza”. Su convicción le lleva a la tesis de que las palabras, “cuanto nombran / lo nombran hacia adentro, / sólo ellas se oyen”. De aquí su personal estilo, la desnudez del idioma con que nos presenta los poemas.

Aún a modo de arriesgar, considero hallar en este “Paisaje (en tercera persona)” raíces del método que se agarran a cierta sintaxis de dos de sus libros anteriores, “Mientras la luz” y “Desnudo de pronombres”, cierto que con paisajes y temas diferentes, pero con similitudes que avanzan por senderos de expresiones afines, y donde la cosecha de la expresión poética sigue mostrando la desnudez artística que caracteriza el original estilo de Francisco Caro: “ese bilingüe / signo” /.../ “que se agita dentro del pecho del poeta”, y que está crecido en todo momento por la sensibilidad del hombre, de aquel primer lector extraordinario que germinaron los orígenes del poeta.

Un tanto pesimista en el general planteamiento de su obra, no lo es menos en este Paisaje. Principalmente nos parece verlo (“el tiempo es esa / calavera de perro que te mira”), en el poema que ejerce como divisoria a la inicial y la última parte de las tres en que divide el libro. “Carretera cortada” nos parece asimismo el corte que Caro utiliza como antónimo en la dimensión de sus poemas. Si ya habitualmente breves la gran mayoría de sus poemas en entregas anteriores, en ésta continúan ejerciendo similar equilibrio. No obstante, “Carretera cortada” rompe un poco la tradición ocupando tres páginas del libro, incluso clarificando su tema, quizá porque en él son las cosas quienes le hablan al poeta: “abre tu aliento, escribe (le dicen), / con palabras que guarden los aromas / del poeta sin himno”; aquí es la propia naturaleza quien integra himno del Paisaje, quien impone el relieve expresivo de la tercera persona.

Más que en ninguna otra de sus entregas anteriores es en ésta donde naturaleza se ofrece en panorámica. Podríamos decir que el poeta es un geógrafo; pero conociéndole bien, sabiendo su origen y su formación académica no podemos engañar al lector del comentario, como también nos es fácil ubicar el pasaje que describe, que poetiza, al referirse a “las sierras que llenan el oeste” o cuando “busca entonces las dos / viejas encinas / que guardan la dehesa”. Lo que dudo es si el hombre, quien a través del poeta, se apoya en el paisaje o si es el paisaje quien simbióticamente ejerce sobre ambos, hasta producir con ellos la ingente trilogía de su lírica. Demasiado se ha dicho que un libro tiene tantas lecturas como lectores. Y, por supuesto, que lectores habrá que difieran en la defensa de mis contenidos.

Con meteórica carrera y personal estilo, Francisco Caro ha sabido ganarse pronto un lugar preferente en el panorama poético español; pero también ha surgido con él su leyenda de poeta oscuro, de verso sugerente, romo de metáforas y palabra desnuda. No obstante, cuando acabo de leer Paisaje (en tercera persona), conociendo al hombre, su íntima parcela creativa y el camino recorrido en su andadura, me atrevo a establecer pulsos-lectores entre quienes siguen alimentando la leyenda. No es baladí que su media docena de libros hayan sido galardonados con otros tantos premios, y que este mismo se haya alzado con uno de los que prestigian la poesía española, el “José Hierro”, que patrocina el Ayuntamiento de San Sebastián de los Reyes, a través de su Universidad Popular. Algo tendrá el agua cuando la bendicen y algo sabrán los Jurados que valoran los originales.


Nicolás del Hierro. Publicado en Lanza Dgital (20-1-11)

No hay comentarios:

Publicar un comentario